La magia de un presidente sin margen
A fines del año pasado, cuando la campaña era una conversación de despachos, trascendió que el “Centrão” encabezado por el expresidente Michel Temer le había acercado una propuesta a la familia Bolsonaro. La propuesta decía que el candidato debía ser Tarcísio de Freitas, gobernador de San Pablo y el
A fines del año pasado, cuando la campaña era una conversación de despachos, trascendió que el “Centrão” encabezado por el expresidente Michel Temer le había acercado una propuesta a la familia Bolsonaro. La propuesta decía que el candidato debía ser Tarcísio de Freitas, gobernador de San Pablo y el dirigente con mejor medición del campo conservador, y a cambio el bloque empujaría una amnistía para Jair Bolsonaro, aunque recién tras cumplir un tramo más de condena. La familia habría dicho que la libertad era innegociable y diez meses después esa negativa explica casi todo lo que pasó el domingo.
El cálculo que hizo Bolsonaro no fue caprichoso sino aritmético. Lula partía de un piso cercano al 35% del padrón, la abstención histórica ronda el 20%, y descontados blancos y nulos, el campo disponible del otro lado llegaba al 40 por ciento. El bolsonarismo duro controla entre quince y veinte puntos propios, así que faltaban apenas cinco para asegurarse estar en el balotaje, y la familia creía conseguirlos sin ceder el apellido. Bolsonaro resolvió entonces que fuera su hijo y no el gobernador paulista.
Sin embargo, el arquitecto de la apuesta fue otro. Valdemar Costa Neto, presidente del PL, venía sosteniendo desde fines del año pasado que el objetivo no era el Planalto, que lo veía con pocas chances, sino el Congreso, y que había que colocar la mayor cantidad posible de legisladores para complicarle la vida a cualquier gobierno del PT. Una lectura fría que resultó la más realista. El PL terminó con 121 diputados y 28 senadores, y la derecha con 276 bancas y 49 senadores. Más allá de las fugas habituales al inicio de una legislatura, es el Congreso más a la derecha desde 1998.
La negativa de Bolsonaro tuvo una consecuencia inmediata. Sin acuerdo, los partidos chicos y medianos armaron listas propias para diputado, senador y gobernador, pero ninguno acompañó la fórmula presidencial, porque no creían que Flávio llegara tan lejos. De ahí que casi no hubiera coligaciones. La cuenta cerró igual, y Flávio Bolsonaro (PL) quedó primero el 4 de octubre con la base bolsonarista casi en soledad. Los apoyos llegaron después, ya para el balotaje, y no alcanzaron. El domingo perdió por tres puntos y medio, 51,75% contra 48,25% de los votos válidos. Con Tarcísio en la boleta, reelecto en San Pablo en primera vuelta con más del 60%, el resultado habría sido otro.
La victoria de Lula es suficientemente amplia para un país partido al medio, pero nació manchada. La extensión del horario de votación por dos horas, dispuesta por un ministro de la Corte que fue su abogado personal y habiendo pasado por encima del Tribunal Electoral, le entregó a la oposición el argumento que necesitaba. Y que Bolsonaro vuelva a negarse a reconocer el resultado agrava el cuadro, pero el problema no es ese. Es que la mitad que perdió ya sospechaba de la imparcialidad de la Corte, y ahora acaba de recibir un motivo más.
El PL terminó con 121 diputados y 28 senadores, y la derecha con 276 bancas y 49 senadores
Lo que viene entonces para Lula es un cuarto mandato sin horizonte. Lula asume sin reelección posible, él mismo lo dijo, y el PT no tiene sucesor. Un presidente sin futuro negocia peor desde el primer día, porque nadie invierte capital político en quien no estará del otro lado para devolver el favor. A eso se suma una economía incómoda, con un déficit fiscal y financiero anual de diez puntos del producto, una tasa selic e inflación que tenderán a subir al menos en el corto plazo, y muchas promesas de campaña sin presupuesto para ejecutarlas.
El Centrão probablemente le dé oxígeno los primeros meses, porque la caja de las enmiendas de gastos específicos los obliga a convivir con el Ejecutivo. Pero la aritmética es inapelable y un Congreso así no bloquea por capricho, bloquea porque puede y porque su electorado se lo exige.
Y por último, queda el frente más delicado, que es la Corte Suprema de Justicia. A diferencia de los cuatro años anteriores, Lula no encontrará ahí el respaldo que lo sostuvo cuando le faltaron votos. El tribunal llega dividido, desgastado por el caso del Banco Master y señalado por su intervención en el cierre de la elección. Esa combinación vuelve plausible lo que hace un año era impensable, que el Senado avance con el impeachment de un ministro, con independencia de lo que quiera el Ejecutivo. Para destituir hacen falta 54 votos sobre 81 y la derecha tiene 49.
Brasil no eligió un rumbo el domingo. Eligió vivir el fin de una era que se inició hace 25 años. Eligió cuatro años de fricción entre un presidente sin margen político, un Congreso con mayoría propia y una Corte que dejó de ser árbitro para ser parte. La sucesión ya empezó a jugarse del lado de los gobernadores, con Tarcísio a la cabeza. El apellido Bolsonaro acaba de descubrir que su techo electoral existe. Y posiblemente la derecha brasileña descubrió que no lo necesita.
Para la Argentina, un Brasil atravesado por una crisis institucional y política en un contexto de una economía mucho más débil, va a impactar de forma negativa en el comercio bilateral, así como también en la posibilidad de tener un mayor impulso del Mercosur para avanzar con más acuerdos con terceros mercados. Por otro lado, una Argentina en elecciones el año próximo, donde las relaciones presidenciales se mantienen frías será un condimento adicional de una relación que estará liderada por el sector privado más que por el sector público.
El autor es Director de Abeceb
